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7 de abril de 2009

Las negaciones de Pedro

Día 7 de Abril, Martes Santo del 2009

San Romanos el Melódico (?- hacia 560), compositor de himnos

Buen pastor que has dado tu vida por tus ovejas (Jn 10,11), apresúrate, tú, el santo, salva a tu rebaño...
Después de la cena Cristo dijo: «Hijos míos, mis amados discípulos, esta noche me negaréis todos y huiréis» (cf Jn 16,32). Y como todos estaban sobrecogidos de estupor, Pedro exclamó: «Aunque todos te nieguen, yo no te negaré. Yo estaré contigo, contigo moriré gritándote: ¡Apresúrate, tú el santo, salva a tu rebaño!».

«¿Qué dices, Maestro? ¿Negarte yo? Abandonarte yo y huir? ¿Y tu llamada, y el honor que me has hecho, no me acordaré de ello? Todavía me acuerdo de cómo me lavaste los pies, y ¿ahora dices; 'Me negarás'? Todavía te veo acercarte a mí trayendo tú una jofaina, tú que sostienes la tierra y llevas el cielo contigo. Con estas manos con las cuales he sido modelado acabas de lavar mis pies, ¿y declaras que caeré y ya no te gritaré más: Apresúrate, tú el santo, salva a tu rebaño?»...

A estas palabras, el creador del hombre respondió a Pedro: «¿Qué es lo que me dices, Pedro, amigo mío? ¿Que tú no me negarás? ¿Que tú no me rechazarás? Tampoco yo lo quiero, pero tu fe es tambaleante, y no resistirás las tentaciones: ¿Te acuerdas cuando estuviste a punto de ahogarte si yo no te hubiera tendido la mano? Porque caminabas sin tambalear por encima del agua, pero tan pronto como dudaste empezaste a hundirte (Mt 14,28s). Entonces corrí hacia ti que gritabas: ¡Apresúrate, tú el santo, salva a tu rebaño!

«Desde ahora te digo: antes que cante el gallo, me traicionarás tres veces y dejando que, como las olas del mar, te golpeen por todas partes y sumerjan tu espíritu, me negarás tres veces. Tú, que antes habías gritado y ahora llorarás, ya no encontrarás mi mano para dártela como la primera vez: me serviré de ella para escribir una carta de perdón a favor de todos los descendientes de Adán. De mi carne que ves haré de ella un papel, y de mi sangre la tinta para escribir en ella el don que distribuyo sin dilación a los que me gritan: ¡Apresúrate, tú el santo, salva a tu rebaño!»


Pinturas del sacerdote artista P. Tomás Gómez

11 de noviembre de 2008

Mis hermanos son los que cumplen la voluntad de mi Padre

Martes XXXII Semana del tiempo ordinario

Homilía de un autor anónimo del siglo segundo 8,1-9,11

Hagamos penitencia mientras vivimos en este mundo. Somos, en efecto, como el barro en manos del artífice. De la misma manera que el alfarero puede componer de nuevo la vasija que está modelando, si le queda deforme o se e rompe, cuando todavía está en sus manos, pero, en cambio, le resulta imposible modificar su forma cuando la a puesto ya en el horno, así también nosotros, mientras estemos en este mundo, tenemos tiempo de hacer penitencia y debemos arrepentirnos con todo nuestro corazón le los pecados que hemos cometido mientras vivimos en nuestra carne mortal, a fin de ser salvados por el Señor. Una vez que hayamos salido de este mundo, en la eternidad, ya no podremos confesar nuestras faltas ni hacer penitencia.

Por ello, hermanos, cumplamos la voluntad del Padre, ardemos casto nuestro cuerpo, observemos los mandamientos de Dios, y así alcanzaremos la vida eterna. Dice, en efecto, el Señor en el Evangelio: Si no fuisteis de fiar en lo menudo, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Porque os aseguro que el que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar. Esto es lo mismo que decir: «Guardad puro vuestro cuerpo e incontaminado el sello de vuestro bautismo, para que seáis dignos de la vida eterna».

Que ninguno de vosotros diga que nuestra carne no será juzgada ni resucitará; reconoced, por el contrario, que ha sido por medio de esta carne en la que vivís que habéis sido salvados y habéis recibido la visión. Por ello, debemos mirar nuestro cuerpo como si se tratara de un templo de Dios. Pues, de la misma manera que habéis sido llamados en esta carne, también en esta carne saldréis al encuentro del que os llamó. Si Cristo, el Señor, el que nos ha salvado, siendo como era espíritu, quiso hacerse carne para podernos llamar, también nosotros, por medio de nuestra carne, recibiremos la recompensa.

Amémonos, pues, mutuamente, a fin de que podamos llegar todos al reino de Dios. Mientras tenemos tiempo de recobrar la salud, pongámonos en manos de Dios, para que él, como nuestro médico, nos sane; y demos los honorarios debidos a este nuestro médico. ¿Qué honorarios? El arrepentimiento de un corazón sincero. Porque él conoce de antemano todas las cosas y penetra en el secreto de nuestro corazón. Tributémosle, pues, nuestras alabanzas no solamente con nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón, a fin de que nos acoja como hijos. Pues el Señor dijo: Mis hermanos son los que cumplen la voluntad de mi Padre.

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R/. Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Pues no quiero la muerte de nadie -oráculo del Señor-. ¡Arrepentíos, y viviréis!

V/. El Señor tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.

R/. Pues no quiero la muerte de nadie -oráculo del Señor-. ¡Arrepentíos, y viviréis!

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4 de octubre de 2008

San Francisco de Asís

Día 4 de Octubre

Nació en Asís el año 1182; después de una juventud frívola se convirtió, renunció a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios. Abrazó la pobreza y vivió una vida evangélica, predicando a todos el amor de Dios. Dio a sus seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la Santa Sede. Inició también una nueva Orden de monjas y un grupo de penitentes que vivían en el mundo, así como la predicación entre los infieles. Murió el año 1226.

Carta dirigida a todos los fieles (Opúsculos, edición Quaracchi [Florencia] 1949, 87-9,4) de San Francisco de Asís

La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno tan santo y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre. Y, al acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz.

Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.

¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. Y dirijámosle, día y noche, nuestra alabanza y oración, diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos; porque debemos orar siempre sin desanimarnos.

Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración.

No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo.

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R/. Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

V/. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.

R/. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

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